Algunos poemas
(Por orden cronológico)


A MI CASA PEQUEÑA

Y a mi hermana Margot

    Si hablamos con rigor,

por no tener, no tengo ni un pobre dormitorio

donde apoyar la espalda:

tal vez esté de más.

 

    ¡Cuidado aquel que tiene pagada su vivienda

y ya pagó la compra del mes en el mercado!

Cuidado ese que va de ciudadano

con su carnet de identidad en regla.

 

    Y ese otro que se va de vacaciones

y ha dejado su casa bien cerrada.

 

    Cuidado ese que lleva un corazón de carne

colgando en la pulsera

para tener cariño siempre a mano.

Cuidado ese que cree que la autopista es recta hasta el final

y acelera más de lo permitido

por las leyes de Tráfico.

¡Cuidado ese! ¡Cuidado todo el mundo!

¡Muchísimo, muchísimo cuidado!

 

    Yo casi por costumbre

voy pasando las noches en vela.

Ojalá que me aguanten los ojos

para mirar de frente

y mirar para arriba

si un día tuviera demasiado sueño.

 

    Gracias a Dios que,

hoy por hoy,

estoy acostumbrado

a tocar en la puerta de mi cuarto

y ver que está ocupado con cosas importantes.

 

    Gracias a Dios que,

hoy por hoy,

no tengo el corazón a renta fija,

ni tengo un gran armario para ir cargando al hombro

si alguna vez...

Hoy he tirado ya este calendario

por demasiado grande:

los días ya son páginas en blanco

que siempre escribe otro.

 

    Y sin embargo, casi desnudo,

qué bien me quedan estas manos vacías

para poder dar algo si hace falta.

 (De El pan más necesario, 1994)

 

 

VEO A GASTÓN BAQUERO

    Veo a Gastón Baquero mirando en la ventana

hacia esta noche inmensa donde cantan los tréboles,

cuando los duendes hacen secretas travesuras

y encienden sus fogatas calurosas

debajo de las camas donde la gente sueña

con los ojos abiertos, reacios a dormirse,

mientras Gastón Baquero mira por la ventana.

 

    No he podido dormirme y he salido a la calle,

me paro ante su puerta, ante el viejo santuario

que vio fundar el mundo desde la era primaria.

Gastón no puede verme: está mirando al cielo

y yo soy muy pequeño y mi piel más oscura

que esta calle nocturna y temblorosa.

 

    Gastón me contó un día,

fuera de esta litúrgica vigilia,

que en la casa de enfrente

vivió César Vallejo por una temporada

y desde esa ventana de la casa de enfrente

Vallejo se asomaba por las noches

a ver lo que Gastón estaba viendo

desde hacía muchos siglos.

Yo no sé nada más: sólo sé que los dos,

uno arriba, en el cielo,

y otro aquí en el santuario que vio crecer la historia,

sólo sé que los dos se siguen viendo

hacia la medianoche,

al menos en las noches señaladas

(Gastón en sus poemas ha dejado caer

muchas palabras sueltas de esta conversación,

de las que brotan grandes llamaradas

que incendian nuestros ojos

y nos hacen mirar por un instante,

sólo por un instante,

con ojos infinitos).

Fuera de sus poemas Gastón no dice más

y dice que no sabe más que lo necesario

para seguir viviendo en este mundo,

como si fuera poco, como si fuera fácil

encontrar ese fruto del que comer la ciencia suficiente.

 

    Veo a Gastón Baquero mirando en la ventana

de esta noche fogosa,

sin sueño y sin temor, cómplice de los duendes,

criado en el calor de estas hogueras.

Veo a Gastón Baquero mirando en la ventana

el suave conversar de las estrellas,

y ahora que no me ve yo veo su mirada

clavarse en una de ellas fijamente,

y el día que yo sepa la estrella que Gastón está mirando

os contaré el secreto para vivir en paz

y vivir por los siglos de los siglos

mirando hacia la estrella que esta noche

Gastón está mirando en la ventana.

(De El pan más necesario, 1994)

 



Calle de Antonio Acuña, 4 (Madrid)

 

CASA DE JOSÉ OLIVIO

A José Olivio Jiménez

    Casa de José Olivio:

la música se orquesta ya en la entrada.

El saludo habitual oculta un gran secreto

que la conversación, en su estribillo,

jamás alcanzará a desanudarlo.

Desde un noveno piso Madrid relampaguea:

la plaza de Castilla puede ser cualquier plaza,

la calle ya ha perdido sus contornos precisos

y nunca se hace tarde viajando por el mundo

con un golpe de voz acompasado.

 

    José Olivio llegó de New York hace poco,

su reloj todavía marca seis horas menos,

de su acento cubano se pueblan los segundos

en ese Madrid grande que brilla en la terraza

y apaga los rumores de la calle.

Sólo se escucha el ritmo de su acento cubano

comentando poemas de hace un siglo,

y su voz se confunde con la estrofa que Martí compusiera

y Madrid se repuebla con las palmas

de aquel campo antillano que dio vida a los versos.

 

    A mitad de la tarde bulle la Coca-Cola,

sus burbujas se acoplan al compás de este rito,

el humo del cigarro ha encendido la hoguera

dejando atrás el frío de este Madrid de invierno.

Dejando atrás el frío me olvido de mi calle,

me interno entre el ramaje de la selva y la magia.

Alguien dice que es tarde y habremos de creerle:

el portal me recuerda que hemos tomado tierra

y la boca del Metro ya me avisa

de que la prosa diaria aumenta las distancias

después del largo viaje

en las alas del ritmo de voz de José Olivio.

(De Madrid como delirio, 1996)

 

ENCUENTRO INFRUCTUOSO


    Llenaré de palabras el vacío

y así podré palpar mi pesadumbre.

Pensaba que esta tarde

el tiempo correría sus cortinas

para que nunca viéramos la noche

con su viejo cuchillo corrosivo,

que habría de separarnos tal vez por mucho tiempo.

Llevaba todo el día preparando este baile,

la danza decisiva que iban a interpretar nuestros deseos

enlazados al fin y conjurados

para romper de golpe sus cadenas.

Llevaba mis promesas aprendidas,

mis vínculos de paz escritos mentalmente,

mi sangre atemperada para el beso,

limpias mis cicatrices,

perfumado el altar del sacrificio

mutuamente ofrecido y sin temores.

Y en medio del silencio,

que sólo traspasaban las campanas,

listas para el banquete,

una zanja se abre

y empieza a separar los territorios,

a trazar las fronteras disimuladamente,

a proclamar el triunfo de la noche,

la hora anticipada de nuestra despedida,

la oscuridad total de nuestra casa.

Y mi voz va subiendo de volumen,

reaviva los clamores de sus velas,

pero el viento se alía con las sombras,

con los celos del tiempo,

y apaga lentamente la débil luminaria.

Nadie ha llenado aún ese vacío,

esa gruesa muralla transparente

que hace incierta la espera.

Tan sólo estas palabras

son las piedras seguras que el destino

me da como soporte de mis pasos,

como estrecho sendero inconmovible

en medio del vacío que me cerca.

(De Madrid como delirio, 1996)

 

LA PLAYA INFINITA

A José Hierro

    Tal vez la plenitud en este mundo

sea sólo eso:

un punto solo

de esa línea sutil donde se une

el cielo con la tierra,

allá en el horizonte.

Y yo tal vez

deba quedarme quieto en esta playa

mirando siempre al frente,

dejando que la luz traspase mis pulmones

y llegue al corazón allá en el fondo

y deje allí su innata transparencia,

la presencia infinita de lo alto

habitando tranquila

en este barro frágil de mi cuerpo.

Y una vez encendida en mí esa llama,

dejarle los senderos expeditos,

que prenda su energía inagotable

por los alrededores;

que esta playa no sea ya una playa

ni este mar este mar a donde vine,

ni ese cielo una bóveda distante.

Que todo sea lo mismo:

una llama que llegue al horizonte

y acierte a situarse en ese punto

donde yo sea feliz y, juntamente,

todo el mundo conmigo, al mismo tiempo,

brindando por el fin de nuestra historia

y este inicio tan dulce

de una luz que, por fin, ya no se acaba,

porque ha vencido al viento y han cesado

los soplos que marcaban las fronteras.

(De La cuenta atrás, 2000)

 

VIERNES

    Yo no sé todavía

qué tienen estas tardes de los viernes

que me dan tanto miedo.

Primero es una sombra que me abruma

al andar por las calles familiares

de este Madrid tan mío ya

y siempre tan distinto,

tan ensombrecedor, tan apagado

desde la media tarde de los viernes,

que siempre anuncia

una noche más honda,

un túnel que se expande y nos recubre

y nos lleva hasta el fondo

de un oscuro presagio,

hasta el confín de un sueño muy terrible.

¿Cómo es que tú, Señor,

que ya has resucitado por los siglos,

continúas manchando con tu sangre

la tarde interminable de los viernes?

¿Cómo es que todavía

el velo de los templos

–de todos estos templos

que se han multiplicado por el mundo–

continúa rasgándose los viernes,

y un eclipse de sol a media tarde

me sumerge de nuevo en las tinieblas

donde sólo distingo tus heridas,

siempre tan silenciosas,

en medio de un bullicio

que pasa indiferente por el mismo Calvario,

celebrando la Pascua a su manera

e impidiendo dormirme y olvidarme

de que esta tarde aún tú sigues muerto?

¿Cómo es posible aún que cada viernes

mi fe se resquebraje y pierda la esperanza

de que dentro de un día o dos

la luz vuelva a alumbrarnos el domingo

y tú y yo,

una vez más,

vayamos a seguir resucitando,

y que todas las tardes de los viernes, como hoy

–¡cómo es posible!–

vuelvan a ser iguales?

(De La cuenta atrás, 2000)

 


BALADA PARA DIANA DE GALES

El mundo no era digno de ellos

Heb 11, 38

    Si es verdad tu presencia,

si no mienten tus ojos

ni tu sonrisa blanca,

comprendo que este mundo te resultara extraño,

que no tuvieras tiempo suficiente

para encontrar razones

a este violento error que padeciste.

 

    Si es verdad tu presencia,

si no mienten tus ojos,

lo que nunca comprendo es por qué sonreíste

después de haber mirado al cielo y a la tierra

y ver con esos ojos

que aquí es donde vivías.

 

    Fue imposible saber nada de nada,

nada de ti y nada de nosotros,

e imposible saber quién fue más débil.

Más justa fuiste tú,

más dócil al destino inevitable

que espera a toda rosa

y que tanto se olvida.

 

    Por un día creí que la belleza

tenía verdadero cuerpo humano

y estaba a nuestro alcance poseerla de lleno

(olvidaba el destino de la rosa).

No me atrevo a negar que sea posible,

pero tú me convences de que no en este mundo.

Si es verdad tu presencia,

si no mienten tus ojos

ni tu sonrisa blanca,

hubiese sido injusto, imperdonable,

que fueras posesión de un solo hombre

hecho del mismo barro que nosotros.

(De Años de prórroga, 2005)


INDAGACIÓN NOCTURNA

 
    La noche, poco a poco, se me arrodilla entera

y en silencio me ofrece sus senos invisibles.

Toda mi inteligencia huele a humo,

no recuerdo más nombres que mis pasos serenos

en medio de esta sombra que tanto me seduce.

Si algún mérito tuve,

ya sólo Dios lo sabe, y en tal caso

ya lo tendrá en su gloria:

todo lo que he sabido y he tenido en la vida

fue la pequeña brisa de un viento milenario.

Ahora estoy más desnudo,

incomparablemente más desnudo

que el día en que nacía del vientre de mi madre.

Ahora soy sólo el hambre que se encarna en la tierra:

en mi boca se agolpan

los besos olvidados en todas las ciudades.

Ninguno pesa nada, pues siempre han sido polvo

y en polvo al fin nos hemos convertido:

polvo del desamor,

polvo que nunca ha sido enamorado,

polvo que aún no se ha visto celebrado en las bodas,

que nunca ha merecido ningún vestido nuevo;

polvo que nunca tuvo aniversarios

y que ahora se hermana en mi garganta

y bulle por mi sangre,

cuando acaricio suaves los senos de la noche,

descubro, poco a poco, su cuerpo pudoroso

y decido entregar la vida entera

en este oscuro lecho.

(De Años de prórroga, 2005)

 

 

POSIBILIDAD DE CONOCIMIENTO

 
    Saber es saber más.

Conocer el secreto de la rosa

es contemplar entusiasmadamente

su vida y muerte diarias,

la escondida razón de su lamento

corriendo por su cuerpo tan hermoso

que nadie ha de comprar por precio alguno.

Saber es saber más, seguir la ruta

de todas las estrellas hasta que vuelva el día

y se haga necesario detener el camino

con inquietud, con pena, a pesar del cansancio,

en busca de esa luz definitiva

que se va revelando cada noche,

cuando la soledad que nos angustia

vacía nuestra alma y nuestra tierra,

miramos hacia el cielo y caminamos

con tal de no morirnos.

Saber es saber más: aventurarse

a vivir en un mundo

que siempre nos excede.

(De Nueva estación, 2007)

 

 

MORAL DEL TRANSEÚNTE

Logroño, marzo de 1999

 
    Yo cambiaré de sitio, estoy casi seguro;

tú, por tu juventud, es muy probable

que te marches mañana a ciudades abiertas a lo nuevo

y no he de reprocharte tanta obligada ausencia.

¿Quién podrá asegurar que nos veremos

bajo una luz tan clara? ¿Y en qué bares

nos reíremos juntos algún día

y daremos por buenas, satisfactoriamente,

tantas penas presentes y futuras?

Es absurdo

tratar de contestar, y es imposible

no preguntarse siempre estas cuestiones.

Olvidarás los nombres que ya no necesites

en tu aventura diaria. Otro bar, otra música,

otras copas te facilitarán

el necesario y saludable olvido

de toda mente lúcida y serena.

Yo tampoco podré recordar todas

las menudencias diarias de esta ciudad entrañable.

Yo tan sólo

podré guardar la imagen de esta tarde

y conservarla limpia para siempre.

 (De Nueva estación, 2007)

 

 

FUERA DE PROGRAMA

    Aún quedan rosas vivas en mi huerto:

ven para verlas juntos.

Ya sé que no te sobra ni un instante

en tu apretada agenda;

pero ven, que es la vida,

que ahora quiere enseñarnos su hermosura

y entonarnos su frágil melodía,

para que nunca olvides

que aquí tienes tu casa.

(De Nueva estación, 2007)

 

          

          MORADA DEL DECIR


    Morada del decir,

cuando en tu patio nos sentamos juntos,

tu fuente, tus baldosas, tu piel inmaculada,

susurran en mi pecho canciones inoíbles

para quien no está dentro

de tus dulces paredes.


    Morada del decir,

cuando en tu pulso advierto cómo vibran

tus luces y tus sombras, todos tus pensamientos,

el mundo se me hace morada enteramente,

morada que no es mía sino tuya,

que eres tú palpitando,

haciendo todo nuevo

con una luz que es tuya, sólo tuya.


    Morada del decir,

no calles nunca,

no me cierres tu puerta.


(Inédito)

 

VERANO EN Co. MEATH (IRLANDA)

 
    Cada día los pinos de este prado

tienen más sed de altura.

¿Quién los mantendrá firmes

en medio de la lluvia y de los vientos

que, incluso en el verano,

ponen a prueba todo su equilibrio?

 

    Cada día los pinos de este prado

parecen aún más firmes que mi fe.

Ellos también esperan

ser elevados pronto hacia el prado más alto

de la casa del Padre.

(Inédito)

 

 

            NI ESTO NI AQUELLO


    Hoy he olido el espíritu.

No es el olor a vela humeante en un templo

ni es fácil percibirlo en cualquier sitio:

viene desde más alto

y se expande hasta el fondo de todo lo que vive.

Se hace rosa en la rosa, y huele como rosa

más allá de las rosas

que nacen y que mueren cada día.

Se hace canto en el pájaro, y seguirá cantando

mejor que cualquier pájaro que oímos.

Se hace sangre en el hombre, y cuando el hombre muere

se derrama en la tierra

hasta el día en que el hombre resucite.


    El olor del espíritu se encuentra y se contagia:

llena toda la casa de un apetito inmenso

que no basta una vida ni una Historia completa

para poder saciarlo.

Se huele en este mundo,

pero no basta un mundo ni mil mundos

para hallar un aroma que pueda comparársele.


    Viene desde tan alto,

que sólo él mismo puede

llevarnos a su origen.

(Inédito)

   

 

                    VUELO MADRID-TENERIFE

                                              

                                                           A mi madre

                                              

                Hoy me espera mi isla, mi caleta,

            la casa de mi pueblo:

            me llevan esperando todo el año,

            como espera la roca la ola brava.

 

                Después de tantos años pisando tierra firme,

            me cuesta ver mi vida rodeada de agua para siempre.

            Me cuesta ver el tiempo que ha caído

            por este precipicio de los años.

            Me cuesta ver el cielo, el mar

            y el límite,

            lo grande y lo pequeño,

            mi principio y mi fin tan de repente.

 

                Cuando llegue a mi isla, a mi caleta,

            a mi casa de niño,

            no sé si aguantaré tanta distancia

            de espacios y de tiempos,

            tanta verdad de golpe.

                                                                                         (Inédito)